Si tomásemos la Real Academia como medio para conocer el significado de la palabra «inopia», ésta nos diría que es sinónimo de indigencia, pobreza y escasez, pareciendo más acertada la segunda acepción que dice, que estar en la inopia es permanecer en la ignorancia más absoluta.
No sé porqué vericuetos, los directos responsables del conocimiento, información y saber, han unificado ambos significados y posiblemente hayan acertado.
Pero hoy quiero centrarme en el respeto que me merecen todos aquellos amigos y amigas que guardan con celo el secreto de su edad como oro en paño, como si en ello les fuera la vida, aunque no los entienda.
Es como si pretendieran restar años a su existencia. Como si quisieran establecer un vació en su mente en un periodo determinado de tiempo, lo que llaman laguna mental.
Es como pretender un estado de hibernación, como permanecer en la inopia, en el limbo, en un vacío mental transitorio.
Me causan ternura todos aquellos que creen mantenerse jóvenes, inalterables y anclados en el tiempo y no se les ocurre otra cosa que restarle años a su vida aun habiéndola vivido.
Mientras, otros, seríamos incapaces de quitarles seis meses a nuestra existencia, porque en esos seis meses se encierran muchos momentos de felicidad.
Algunos tenemos la manía de añadir años a los que acabamos de cumplir, y es que nos hace ilusión, que cuando les decimos nuestra edad nos digan que estamos magníficos. Hasta han edulcorado el lenguaje «eufemístico», ese lenguaje que trata de suavizar el significado de las palabras hasta hacerlas más amables a través de un artificio lingüístico.
Están los eufemismos a la orden del día con las personas que ya vivimos la gratificante ancianidad, creyendo los jóvenes que a nosotros, los ancianos, que nos digan viejos nos crea una profunda depresión, ignorando los provisionales jóvenes que una cosa es ser y otra, estar.
Decía don Camilo José Cela que la diferencia entre el gerundio y el participio es la que hay entre estar jodido, o estar jodiendo…
Me recuerda un amigo anticuario, que lo primero que tuvo que aprender a distinguir fue la diferencia entre antiguo y viejo.
Un mueble antiguo tiene el valor que los años le otorgan hasta convertirlo en pieza codiciada; un mueble viejo es el que define el escaso valor que le concede su avanzado deterioro.
Fue por esto que aprendí a luchar contra la posibilidad de que me considerasen viejo, condenándome así a convertirme en algo inútil, en un trasto sin valor, a la espera del servicio de recogida.
Y para tratar de cambiar los conceptos, tendremos que luchar porque la sociedad nos de el valor que representa una pieza codiciada. Y ese valor, sin duda se halla en nuestra actitud, en nuestra fuerza de voluntad, espíritu de lucha, poder de superación, de resistencia, de dignidad y honorabilidad.
Tal vez sea nuestro intelecto lo que nos proporcione la fórmula que nos represente el auténtico valor; por el contrario, el que abra la llave de la rendición.
Así pues, no me quitaré ni un solo año de todos los cumplidos, ni tampoco ponerle eclipses al Sol, aunque el Astro Rey se encuentre en el ocaso.
Ni la juventud de mi pensamiento, ni una brizna a mi congénita inocencia, ni a mis enormes ganas de vivir, ni a mis sueños de futuro, ahora que me he quedado sin él.
Ahora que todo mi futuro se encuentra en mi próximo amanecer…
Lo que sí estoy pensando hacerme es un «liftin» para ver si logrando aparentar ser más joven, ir a los de carnet de identidad a ver si me quitan cinco años alargando así mi vida un lustro.