Los años han pasado por encima de nosotros y se han llevado todo lo que encontraron a su paso sin ningún miramiento y eso lejos de ser una tragedia constituyó un triunfo… Porque lo que ha quedado después es el resultado de una sucesión de victorias.
No me imagino siendo joven toda la vida sin haber disfrutado del poso magnífico que dejan los años, sin la sabiduría que nos deja el paso del tiempo, ni la paz que sentimos por la enorme satisfacción de haber llegado indemnes hasta el final, conservando intactas todas nuestras ilusiones conservando intactos todos los sueños.
Los años se llevaron nuestra infancia, nuestra adolescencia, juventud, madurez y senectud, y a cambio nos fue dejando experiencia, sabiduría y una paz espiritual que nos entibia el alma y reconforta el espíritu.
Y visto lo que se llevó y lo que nos dejó, no hemos salido mal parados, si no fuera porque sin darnos cuenta se nos fue yendo la vida…
Al final somos el resultado de mil avatares, experiencias y vicisitudes…, donde los éxitos, los fracasos, y nuestra a veces impaciente espera nos llevó a abrazar la siempre reconfortable posición que nos reporta el relativismo más absoluto y el tranquilizador recurso del escepticismo, pasando por un cómodo pragmatismo que nos infunde fuerza.
Cada vez detesto más a los perniciosos manejadores sociales, a los creadores de opiniones contaminadas, a los insoportables directores espirituales que deambulan a modo de parásitos improductivos en busca de víctimas propiciatorias.
Dirigentes vendidos al gran capital, obnubilados por el poder y abrazados a la buena vida, sin más mérito que un golpe de fortuna o la de estar por casualidad en el lugar y el momento preciso.
Y para degustar todo el placer que proporciona el Saber nos abrazamos a esta bendita y plácida ancianidad, que significa supervivencia, resistencia, fuerza, perseverancia, paciencia, serenidad, voluntad y espíritu de sacrificio.
Ahí es nada haber podido cambiar juventud por sabiduría. Fuerza física por solidez mental. Efímera frescura por lozanía mental.
¿Mi juventud? Nada, ni la recuerdo, tal vez porque la dejé marchar sin pena ni gloria, a veces, incluso con la idea de pasarla rápido para alcanzar y consolidar un futuro que me hiciera vivir la placidez que se experimenta en el momento de cruzar la meta.